¿Se vende sola una marca?

Dentro del mundo empresarial existe un gran dilema. ¿Invertimos en innovar nuestro producto o, mejor, dedicamos más recursos a su promoción? Es la eterna discusión entre el departamento de desarrollo de producto y el de marketing. Pero a la hora de la verdad, ¿qué es lo que aporta el máximo beneficio para el negocio? ¿Un buen producto no se debería poder vender sólo por su calidad?

SI preguntamos al departamento de ingeniería seguramente nos responden que “el mejor marketing del mundo resulta de un producto que satisface las necesidades de los usuarios”. Si, en cambio, preguntamos al equipo de ventas, nos dirían que “no triunfa el mejor producto sino aquel con el mejor marketing”. “Las empresas tienen que invertir en publicidad si quieren tener éxito”, nos insistirían una y otra vez.

Lo que nosotros pensamos es que ni unos ni otros tienen toda la razón. Aunque existen excepciones de marcas que han logrado el éxito sin recurrir al marketing o invirtiendo sólo en publicidad y no en mejorar el producto, como todo en la vida, la solución está en equilibrio.

Y ese balance comienza teniendo claros algunos principios que a primera impresión pueden parecer evidentes, pero no tanto cuando uno sólo tiene una perspectiva interna del negocio.

Si, por ejemplo, una empresa destaca por deficiencias importantes a nivel producto, debería evitar a toda costa promocionar de forma agresiva su producto. ¿Parece lógico, no? ¿Te imaginas un smartphone cuya publicidad ocupa los edificios más emblemáticos de un ciudad y que nada más comprarlo se estropea?

Por el lado contrario, si tu producto es muy innovador pero desconocido en el mercado, invertir en marketing resulta casi una obligación. ¿Para qué gastarse tanto en el desarrollo de un producto que no tiene forma de llegar al público?

El tiempo puede llegar a ser otro factor imprescindible también en nuestra estrategia de venta. Bajo ciertas circunstancias, más vale que el producto llegue rápido al mercado que su calidad sea superior al de la competencia.

Dicho todo esto, uno de los aspectos más importantes a tener en cuenta es lo mucho que ha cambiado el punto de vista sobre el valor de la marca. Tradicionalmente, la calidad del producto se asociaba a buenas materias primas, los procesos técnicos y a la ingeniería. Sin embargo, en la actualidad, las expectativas de los consumidores son más complejas. El diseño, por ejemplo, se ha convertido en algo tan básico como lo funcional de un producto. Los consumidores queremos poseer cosas estéticas y originales.

Los usuarios también valoramos una marca que afecta de manera positiva a nuestro bienestar personal o si contribuye favorablemente a nivel social o colectivo. Por lo que, mientras algunas marcas se focalizan en el producto y en su valor económico, otras tienen como objetivo aportar valor real a las personas y al mundo. Son las marcas comprometidas, aquellas que a cambio de un valor económico nos aportan un valor social o personal relevante.

Otro aspecto a considerar es que el marketing ya está dejando de ser masivo. La segmentación y las posibilidades que nos ofrecen las redes sociales, están potenciando un marketing cada vez más seccionado y personalizado.

Y, por supuesto, no olvidemos que el marketing es un concepto que abarca mucho más que la mera publicidad. El buen marketing comprende también el desarrollo de un producto de calidad. Así que para contestar al interrogante, ni la mejor campaña de publicidad podrá vender por mucho tiempo un mal producto, ni la peor campaña de publicidad podrá vender por mucho tiempo un producto que ha pasado por un gran proceso de innovación.

¡La solución, como ya anunciamos, está siempre en el equilibrio!

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